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Refundemos al PRI.
José Hernández Castillo


El grave conflicto que aqueja al PRI tiene que ver con tres puntos clave de su origen: la revolución mexicana, la presidencia de la república y el poder. Estas tres características ya no existen. Por tanto, el PRI dejó de tener razón de existir. Las disputas en el PRI tienen las mismas referencias políticas: la ausencia de un programa ha dejado al garete las alianzas sociales y corporativas, la disputa entre grupos revela la orfandad presidencial y la inexistencia de un poder regulador y como partido no estaba preparado para luchar por el poder sino que se dedicaba a conservarlo. Lo que queda es la posibilidad de refundar al PRI.

Al analizar, a la luz de la teoría política de los partidos, la estructura del PRI, el PRI nunca fue un partido sino una gran coalición de grupos e intereses. Por tanto, en la oposición, el PRI no ha sabido ser partido político. El mantenimiento de sus espacios regionales no ha respondido a un trabajo de partido sino al control de la estructura de poder en los estados donde sigue gobernando.

La lucha por el control ha revelado conflictos de grupo. No hay propuestas de reformulación del partido o del replanteamiento de sus ideas. La disputa es una réplica tardía de la crisis ideológica en la que sumió al partido el proyecto neoliberal de Carlos Salinas. Pero al eludir el problema de fondo, los grupos sólo se pelean por las candidaturas. Nadie ofrece un proyecto de renovación del PRI. La disyuntiva del PRI gira alrededor de la renovación como eje central de su viabilidad y supervivencia para conformarse, desde la oposición, como verdadera opción de poder. Este es el punto del que todos partimos.

Tres nombres y dos refundaciones definen la historia del PRI, que surge como Partido Nacional Revolucionario (PNR) el 2 de diciembre de 1928, para transformarse, nueve años después, en Partido de la Revolución Mexicana (PRM). El 11 de enero de 1941 el entonces presidente de la República, Manuel Avila Camacho, anunciaba una radical transformación del PRM que daba paso al nacimiento del actual Partido Revolucionario Institucional. Estas etapas han estado marcadas por un cambio en las tesis que dan forma a su ideología en los diferentes momentos de la historia del país y que respondieron a la necesidad de replantear el objetivo y las metas del partido.

Hoy el argumento parece estar claro y se debe plantear con profundidad. Hay una necesidad imperiosa de exorcizar las viejas prácticas, la corrupción, la verticalidad, la burocracia y replantear los métodos del Revolucionario Institucional, no se identifica aún un debate en torno a las tesis ideológicas del partido. El cambio está en la cultura política de los priistas, no en el replanteamiento de sus objetivos que encuentran, en su mayoría, validez en el México moderno y globalizado del siglo XXI. debe centrarse la autocrítica, en el fondo, no en la fachada. Está demostrado que lo que ahora existe no es del interés de la mayoría de los mexicanos.

Los tiempos exigen una autocrítica de verdad, no de las que se hacen en donde se hace que se hace y no se hace nada. Es aquí donde el partido revolucionario debe dejar de ser institucional para ser social, acorde a lo que la misma sociedad reclama. El PRI es una fuerza política, sin duda, pero debe dejar atrás para siempre muchas cosas que lo alejan de la sociedad. Es su gente la fuerza, pues de ahí precisamente debe surgir su poder y su congruencia, para volver a ganar la confianza.

El PRI chocó ante una sociedad que identificó la incongruencia entre lo que se propone y lo que se practica. Ciertamente el PRI no es un producto que pueda salir del mercado mientras se prepara su nuevo lanzamiento. La sociedad está pendiente de los mensajes que el priismo envíe. El borrón y cuenta nueva podría reflejar la imagen de un partido que reniega de todo su pasado, que acepta que no hay nada rescatable. En cambio, asumir los tiempos con un Partido Revolucionario Institucional renovado, responsable de sus errores, autocrítico y abierto podría ser reflejo de una verdadera intención de cambiar desde adentro

El pasado proceso electoral ha dejado grandes enseñanzas a quienes militamos en el PRI. Indudablemente la pérdida del Poder Ejecutivo Federal es dolorosa en términos de ejercicio político-administrativo. Sin embargo, la preocupación inmediata y ocupación pronta es la revisión estructural de nuestra organización política. Analizar debilidades y estrategias equivocadas de la pasada elección federal son necesarias sólo para el recuento de activos y pasivos. Pero creo que es mayor la necesidad de la revisión estructural del partido y me refiero a la búsqueda de mecanismos eficaces para enfrentar los retos del futuro, actuando como un verdadero partido político inserto en un sistema que empieza a ser democrático y ha propiciado la alternancia en el poder.

La paradoja del PRI es que tiene que retomar sus valores y objetivos pero bajo nuevas formas, más democráticas y modernas. Lo verdaderamente relevante es la construcción de un discurso político propio moderno, actual, con amplio sentido social. Es momento que dejemos atrás los viejos vicios que tanto nos dañaron y demos paso a la nueva generación que nos presente el nuevo rostro de un partido moderno, verdaderamente democrático y renovado, y así por fin sepultar a aquellos pseudodemócratas que con lenguajes prestados no representan la solución, sino solamente la continuidad de la simulación. Es vital que como partido político producto de las luchas sociales reencontremos el rumbo que nos dio origen, sustento y credibilidad; es necesario poner en el centro de nuestra discusión ideológica conceptos que nos son connaturales como soberanía, patria, nación, revolución; tenemos que ahondar en ellos, para de ahí partir hacia nuestro reencuentro ideológico, y tener la posibilidad de reconstruirnos para así estar a la altura de ese futuro que el 2 de julio por fin nos alcanzó


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